NARRATIVA DE CARLOS VILLACORTA VALLES

viernes, 25 de julio de 2008

MITOS Y RAÍCES DEL PERÚ

Máximo Damián Huamaní: El último Tusuq Layqa
Vicente Otta

Muerto Atahuallpa, derrotado Manco Inca, oculto el dios Inti por días y semanas enteras, todo estuvo perdido para los runas. Deambularon extraviados, sumidos en la oscuridad y la desolación. Cuando la oscuridad era mas profunda que la noche y el dolor insufrible, desde el corazón de las montañas y el fondo de los puquiales emergieron los dioses tutelares. Retornaron desde más allá de los tiempos, desde la distancia infinita.

Eran los dioses primigenios, los que nacieron antes que Pachacamac y Wiracocha, antes de la agricultura y la ganadería, antes de la arquitectura y la hidráulica, regresaron por que no podían tolerar que sus hijos sean aplastados y exterminados por hombres y dioses extranjeros. Entonces encarnaronse en los curanderos y sacerdotes y arremetieron contra los profanadores, los falsos portadores de verdad y progreso.

Los runas de los cuatro suyos alzáronse llenos de furor y virulencia y se produjo el Taki Onqoy. Miles de hombre y mujeres electrizaron y tiñeron de rojo los Cuatro Suyos, con sus cantos y danzas, recuperaron sus tierras, sus ganados, sus dioses y sus sueños. Fueron ellos mismos, sus cantos y danzas recuperaron la alegría y la risa, llenáronse de vida.

Tusuq Layqa llamaban al danzaq mayor, al más importante, que era el que marcaba el compás y el ritmo del Taky Onqoy. La danza de las tijeras es la expresión actual de este viejo y poderoso rito. Mezcla de baile, magia y trance hipnótico, sobrevive en los pueblos de la sierra sur-central del país, lo que fuera espacio de la confederación Chanca: Ayacucho, Apurimac, Huancavelica.

Desde los años cincuenta, en que Máximo Damián se afincara por estos rumbos, la danza de las tijeras se empezó a desparramar por todo el Perú. Conforme se liberaron las ataduras de los runas que durante cuatro siglos permanecieron como siervos atados a los latifundios y minas, la música, la danza y el espiritú de los runas recuperó su espacio y su lugar. A esta reivindicación se le ha dado por llamar andinización, (como si alguna vez el Perú hubiese dejado de ser andino).

De este nuevo despertar de la cultura andina, de esta versión moderna del Inkarri, Máximo Damián es el Tusuq Laiqa, el gran y sumo sacerdote, el que marca el ritmo y el compás de la danza de las tijeras. Antaño lo hacía el danzaq mayor, pero este rol ha sido modificado (el rol principal del conjunto de danzantes de tijeras, lo desempeña actualmente el violinista), y si este violinista es Máximo Damián con mayor razón.

Este “carguyoc”, le ha sido conferido por los huamanis de San diego de Ishua, Lukanas. En las notas agudas y broncas, cerriles de su violín hablan los nevados, los vientos y la lluvia, trinan los pájaros y las aguas nos llegan rumorosas. Música, llena de magia, de amor y pulsación cósmica que se escucha mejor, divinamente, cuando se ejecuta en temple “diablo”.

A don Máximo Damián, de la estirpe de los Tusuq Laiqa del Taki Onqoy, ratificado maestro de la danza de tijeras por José María Arguedas, NOSOTROS le rinde este merecido y sincero homenaje.

Semblanza de Máximo Damián Huamaní

CONFESIONES AUTOBIOGRAFICAS

En San Diego de Ishua, distrito de Aucará, provincia de San Juán de lucanas, departamento de Ayacucho, mucha gente se iba para Lima. Cuando regresaban, llevaban terno, hablaban el castellano y daban dinero a sus padres. Ya que era el mayor, mis padres me decían: “Tú también tienes que ir a Lima para trabajar; ¡así ayudarías a tu familia!” Mi tío que nos visitaba todos los años me propuso llevarme a Lima, pero yo no quería irme: tenía todo lo que necesitaba en mi pueblo: mi ganado, mis tierras, mi maíz, agua, papas,... ¿Por qué irme? Entonces, decidí escaparme; me fui a mis chacras, arriba. Llevé mantas y ponchos y me construí una casa con piedras. Un día, una de mis vacas se escapó y arruinó todo el maíz. Mi madre se puso furiosa. Felizmente, mi padre estaba de viaje. Pensé: “Cuando vuelva, me va a matar...Mejor me voy...” Y así me fui a Lima, con mi tío. Eso ocurrió por los años 1955.

De Ishua hasta Púquio, caminamos 2 días. Cuando vi todas esas luces, pensé que era Lima. Desde Púquio, alquilamos una camioneta hasta Nazca. En Nazca, hacía calor y mi tío se avergonzó porque yo llevaba un pantalón grueso y un poncho. El día siguiente, tomamos el bus hasta Lima. Fue como si llegara a otro mundo!. Nada me gustaba, todo era diferente.

Empecé a trabajar como empleado de casa. No hablaba ni siquiera una palabra de castellano y lloraba todo el tiempo. ¡Estaba tan triste! Quería volver a casa pero mi tío insistió y me encontró un trabajo en el consultorio de un médico. Su esposa hablaba quechua y me quedé dos años.

Trabajaba duro, desde las 5 a. m hasta las 9 p. m. Con mi primer sueldo, me compré un violín. Empecé a tocar para la gente de mi región, en las reuniones, cumpleaños, fiestas patronales que organizaban para ayudar sus pueblos. Por las mañanas, tocaba en la radio.

De esa manera, conocí a José Maria Arguedas. Hablaba quechua y le gustaba la música de la sierra. Nos hicimos amigos y fue con él que por primera vez presenté el baile de tijeras en el teatro municipal. Los días durante los cuales repetía, no iba a trabajar y mis patrones se molestaron. Me fui del medico y entré en una fábrica de tejidos. Pero ocurrió lo mismo...

Pensé: “Mejor lo dejo y me voy a cualquier lado con mi violín.”

Empecé a viajar por Chile, Venezuela para representar el Perú en las delegaciones. ¡Era músico!

En el 73, me casé con Isabel Asto, una joven de mi pueblo y tuve que buscar un trabajo.

J. M. Arguedas me recomendó en el Banco Hipotecario, pero tenía miedo de los mistis y no quería trabajar allá. Por fin, me acostumbré. Ya me retiré de ahí y enseño en la Escuela Nacional de Folklore. Mis alumnos me visitan en mi casa y me acompañan en las fiestas. Para repetir, pueden comprar discos o grabarme en un casete. Cuando yo era joven, era más difícil... Para acordarme de lo que tocaban mis profesores, silbaba las melodías durante todo el camino.

Mi padre era violinista pero no quería enseñarme. “Eso es una profesión para borrachos” me decía. Yo soñaba con tocar el violín desde niño. Cuando repetía o cuando sus alumnos iban a nuestra casa, les observaba a escondidas, con mucha atención. Poco a poco, toqué mejor que ellos. Sigo tocando en los teatros y coliseos. En Lima, las cosas cambiaron bastante. Cada vez hay más serranos y todo el mundo conoce el baile de tijeras.

La Danza de las Tijeras

El Pacto

Cuando las huacas resucitaron y se unieron para combatir al Dios de los Cristianos, se encarnaban en hombres quienes bailaban presos de profundo éxtasis y llamaban al retorno del Antiguo Orden, era el Taki Onqoy. Los Españoles lucharon contra esas encarnaciones del Diablo: el cura Cristóbal de Albornoz excomulgó y reprimió a miles de indígenas y destruyó todas las huacas.

Pero no podía destruir el canto del agua y de las cascadas, esa música del Diablo y de los Espíritus, que brota de la Tierra y de las Montañas para comunicar a los seres humanos su fuerza y su magia.

Todos los viernes santos, los diablos cantan, están contentos. El Cristo está muerto y las divinidades ancestrales vuelven y toman posesión del mundo. Danzantes y músicos repiten ese día en un lugar secreto para celebrar su vuelta. Los mejores de entre ellos tienen un pacto con el Huamani, quien les protege y les acompaña a cambio de su vida. “Tienen su fuerza dentro de sus cuerpos y pueden realizar las pruebas: arrojarse desde lo alto de las torres, bailar sobre el arpa tal como si fueran plumas. Tienen un poder extraño ya que son Danzantes del Diablo.”

La Danza de las Tijeras en la actualidad

Es un baile de hombres que se desarrolla en contrapunto (Atipanakuy), al son del arpa y del violín. Los campesinos la llamaban “Supay Huapasi Tusak”: el danzante en la casa del diablo. José Maria Arguedas generalizó la apelación “danzante de tijeras” por las tijeras que los danzantes llevan en la mano derecha y que las entrechocan mientras bailan. Al final de la fiesta, la gente de la comunidad designa al ganador.

En la sierra, se baila desde abril hasta diciembre, en todas las fiestas agrícolas y religiosas importantes. Cada melodía corresponde a unos pasos: Pasacalle, para marchar en las calles; Wallpa wajay, cuando son las tres de la mañana y canta el gallo. Durante el día, se toca en tono mayor, por la noche, en tono menor. El primer día (Anticipo), llegan al pueblo los músicos y danzantes. A las 12 de la noche, en secreto, hacen el pago en la plaza, la ofrenda al Huamani. El segundo día (Víspera), desfilan por las calles y bailan en contrapunto desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la noche. El tercer día (Día Central), se hacen las pruebas: hacen números de magia, se traspasan con agujas y espinas, suben a las torres de la iglesia (torre bajay) donde realizan demostraciones de equilibrio y acrobacia. El cuarto día (Cabildo), bailan otra vez hasta las 8 de la noche y el quinto día (Despacho), regresan a su lugar de origen.

En Lima, el tiempo y el espacio urbano han provocado transformaciones profundas del baile. En las fiestas religiosas tradicionales celebradas por las asociaciones de provinciales, solamente se celebra durante dos o tres días, un fin de semana. En los teatros, se tuvo que adaptar para la escena teatral y cada representación solamente dura de 15 hasta 20 minutos.

Danza ritual de la sierra, se convirtió en una danza festiva y espectáculo en Lima. Revela un proceso de transformación profunda de la cultura andina y de la cultura urbana a su vez. Convertido ahora en uno de los símbolos de la cultura nacional.

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