NARRATIVA DE CARLOS VILLACORTA VALLES

sábado, 29 de noviembre de 2008

VIZCARRA Y SUS TESOROS EN LA PARED Y BAJO LOS CEREZOS

Por Carlos Villacorta V.

El jirón Alonso de Alvarado, es una antiquísima calle de la apacible y bella ciudad de Moyobamba. Hasta hace unos años todavía conservaba inmensas casonas, construidas de gruesas paredes de barro y quincha que venían paraditas desde que era capital de Maynas por los años 1850, donde han vivido personas notables, entre funcionarios y grandes comerciantes.

Los terremotos han ido derribándolos poco a poco. Ahora ha quedado en la parte céntrica de la ciudad y es un poderoso barrio comercial moyobambino.

Precisamente varias de esas casonas, se decían que eran propiedad de un tal Vizcarra (español), que de coronel y gobernador en Iquitos, se convirtió por ambicioso en un aventurero, buscador de tesoros, ladrón de “siete suelas”, se dice que tenía una gran fortuna, enterrados en esas casas, muy aficionado en enterrarlos debajo del árbol del cerezo porque decía que sus raíces le ayudaban a cuidarlos, de igual forma en las paredes de su propia casa, para tenerlos más cerca de él y evitar ser robado.

Esta fama creció, cuando aproximadamente casi un siglo atrás, una de las familias Vela, estando haciendo reparaciones en una de las paredes de su casa, se desprendió buena parte de ella, y, cual no fue su sorpresa que al interior encontraron un baúl de oro puro repleto de libras esterlinas, joyas de oro y plata y más bienes, que ante los rumores que iban creciendo porque no podían esconder su ostentación de la noche a la mañana, tuvieron que mudarse a vivir en la capital del Perú, quién sabe al extranjero.

Las historias se tejieron de todo tipo y de la más diversa y variopinta versión, cada contante le agregaba su dosis de creatividad y fantasía: Lo más cercano era que Vizcarra guardaba sus tesoros en 12 baúles de oro puro y 11 baúles de plata. Pero, como la señora Vela encontró uno de oro, quedan 11 de cada uno. Imagina encontrar sólo uno. Todos tus sueños materiales se vuelven realidad. Eso seguramente pensó la señora Josefina, que le contamos a continuación.

Otro acontecimiento interesante fue lo que nos contó doña Griselda, tataranieta de una tal Josefina, que alquiló esa misma casa, con el único propósito de buscar los tesoros de Vizcarra.

Una noche esta señora Josefina no podía dormir, se volteaba de un lado para otro en su cama, su marido se molestaba y le increpaba, “pon tu mente en blanco” dice le decía don Juan; justo cuando estaba queriendo cerrar sus ojos, escuchó como si alguien lloraba en la huerta, le salía como un quejido de un búho; se levantó despacito, para no molestar a su marido, cuando vio el inmenso árbol de cerezo en la parte derecha de la huerta, de pronto se acordó, que debajo de ese árbol a Vizcarra le gustaba enterrar sus tesoros y si no había cerezo, este ladrón buscador de fortunas lo mandaba a sembrar; se acercó despacito y vio un pequeño resplandor debajo del árbol.

Antes de que desapareciera la susodicha lucecita, corrió a traer su palana y con unas ansias locas, llena de impaciencia empezó a cavar, hasta que su palana, chocó con una especie de metal, miró detenidamente el objeto, sintió que sus ojos irritados por mantenerse abiertos por el sueño, le ardían como si le hubieran frincado con ácido, sus piernas le comenzaron a temblar, bañando con un enfrío sudor todo su cuerpo, que su mente se llenó de pavor y comenzó a correr presa de pánico por la huerta, gritando ¡El antimonioooo! ¡El antimoniooooo!, dicen que chocó contra el tallo de un plátano y cayó al suelo botando espuma, presa de retorcimientos.

Su marido le encontró con los ojos desorbitados y torcidos, que los médicos poco pudieron hacer. Dicen que mi pobre abuela se quedó medio cheja, que le tuvieron que llevar a Lima de la pura vergüenza.

Este suceso, asustó a los potenciales buscadores de los tesoros de Vizcarra, porque se decía, que en esas casas penaba el alma de Vizcarra cuidando sus tesoros, poco tiempo duraba la gente viviendo en ellos.

El antimonio de los tesoros se volvió como un fantasma, que los curiosos trataban de inventar alguna forma de contrarrestar si es que alguna vez encontraran algún tesoro.

Nosotros vivimos largos años en una de esas casonas del Jr. Alonso de Alvarado, nunca escuchamos fantasmas, ni vimos lucecitas, hasta que nos enteramos de la leyenda de Vizcarra y, una ola de nerviosismo invadió el inmenso terreno, que cada vez que llegamos tarde a la casa, en pleno silencio de la noche, pues se tenía que pasar por el principio de la huerta, seguramente la mayoría tenía que subir rezando las escaleras para ahuyentar todo tipo de temores. Así fue como empezamos a averiguar sobre tal leyenda.

Cuentan los moyobambinos que Vizcarra encontró una trágica muerte. El año 1900, cuando salía de la ciudad con unos burros cargados de mercadería, le vieron algunos y, pensando que se largaba llevándose todas sus riquezas, le atacaron y como se defendió e hirió a algunos, sus atacantes se amargaron y le arrastraron a la Plaza de Armas; una mujer de apellido Tapullima lo mató golpeándole el cráneo con una piedra.

La leyenda creció a partir de ese momento. Como no lo encontraron con ningún tesoro, dicen que lo escondió en las paredes de sus casas y en las raíces de los cerezos, donde se queja el búho o el alma en pena de Vizcarra, para ahuyentar a los que pretenden robarle sus tesoros. Nadie se sabe que haya encontrado otro baúl. Están todavía por ahí. ¡Búscalos!

Cuando hace más de 30 años vivía en esa hermosa ciudad moyobambina. Al escribirlo ahora, me sentí enfermo de antimonio, en una larga agonía, amarrado a mi escritorio, escuchando el temido sonido del búho insistente en mi cerebro, después un suave murmullo como un alma en pena que me envuelve con su frío manto, que al mirar las letras de mis escritos, me parecieron pequeños blancos fantasmas que venían hacia mí con sus largos chillidos de ultratumba, con muecas grotescas de intensa expresión; después, la nada; quizá porque asocié mi fantasía con el sonido de las teclas y el ruido seco del viento al chocar con la ventana. Al final la vida es eso, un ir y venir de fantasías y leyendas

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