NARRATIVA DE CARLOS VILLACORTA VALLES


sábado, 11 de abril de 2009

PACO YUNQUE. El mejor cuento infantil de César Vallejo

PACO YUNQUE
(Cuento)
César Vallejo

Cuando Paco Yunque y su madre llegaron a la puerta del colegio, los niños estaban jugando en el patio. La madre le dejó y se fue. Paco, paso a paso, fue adelantándose al centro del patio, con su libro primero, su cuaderno y su lápiz. Paco estaba con miedo, porque era la primera vez que veía a un colegio; nunca había visto a tantos niños juntos.

Varios alumnos, pequeños como él, se le acercaron y Paco, cada vez más tímido, se pegó a la pared, y se puso colorado. ¡Qué listos eran todos esos chicos! ¡Qué desenvueltos! Como si estuviesen en su casa. Gritaban. Corrían. Reían hasta reventar. Saltaban. Se daban de puñetazos.
Eso era un enredo.

Paco estaba también atolondrado porque en el campo no oyó nunca sonar tantas voces de personas a la vez. En el campo hablaba primero uno, después oro, después otro y después otro. A veces, oyó hablar hasta cuatro o cinco personas juntas. Era su padre, su madre, don José, el cojo Anselmo y la Tomasa. Eso no era ya voz de personas sino otro ruido. Muy diferente. Y ahora sí que esto del colegio era una bulla fuerte, de muchos. Paco estaba asordado.

Un niño rubio y gordo, vestido de blanco, le estaba hablando. Otro niño más chico, medio ronco y con blusa azul, también le hablaba. De diversos grupos se separaban los alumnos y venían a ver a Paco, haciéndole muchas preguntas. Pero Paco no podía oír nada por la gritería de los demás. Un niño trigueño, cara redonda y con una chaqueta verde muy ceñida en la cintura agarró a Paco por un brazo y quiso arrastrarlo. Pero Paco no se dejó. El trigueño volvió a agarrarlo con más fuerza y lo jaló. Paco se pegó más a la pared y se puso más colorado.

En ese momento sonó la campana, y todos entraron a los salones de clase.
Dos niños .los hermanos Zumiga- tomaron de una y otra mano a Paco y le condujeron a la sala de primer año. Paco no quiso seguirlos al principio, pero luego obedeció, porque vio que todos hacían lo mismo. Al entrar al salón se puso pálido. Todo quedó repentinamente en silencio y este silencio le dio miedo a Paco. Los Zumiga le estaban jalando, el uno para un lado y el otro para el otro lado, cuando de pronto le soltaron y lo dejaron solo.

El profesor entró. Todos los niños estaban de pie, con la mano derecha levantada a la altura de la sien, saludando en silencio y muy erguidos.
Paco sin soltar su libro, su cuaderno y su lápiz, se había quedado parado en medio del salón, entre las primeras carpetas de los alumnos y el pupitre del profesor. Un remolino se le hacía en la cabeza. Niños. Paredes amarillas. Grupos de niños. Vocerío. Silencio. Una tracalada de sillas.
El profesor. Ahí, solo, parado, en el colegio.
Quería llorar. El profesor le tomó de la mano y lo llevó a instalar en una de las carpetas delanteras junto a un niño de su mismo tamaño. El profesor le preguntó:
- ¿Cómo se llama Ud.?
Con voz temblorosa, Paco muy bajito:
- Paco.
- ¿Y su apellido? Diga usted todo su nombre.
- Paco Yunque.
- Muy bien.

El profesor volvió a su pupitre y, después de echar una mirada muy seria sobre todos los alumnos, dijo con voz militar:
- ¡Siéntense!
Un traqueteo de carpetas y todos los alumnos ya estaban sentados.
El profesor también se sentó y durante unos momentos escribió en unos libros. Paco Yunque tenía aún en la mano su libro, su cuaderno y su lápiz. Su compañero de carpeta le dijo:
- Pon tus cosas, como yo, en la carpeta.
Paco Yunque seguía muy aturdido y no le hizo caso. Su compañero le quitó entonces sus libros y los puso en la carpeta. Después, le dijo alegremente:
- Yo también me llamo Paco, Paco Fariña.
No tengas pena. Vamos a jugar con mi tablero. Tiene torres negras. Me lo ha comprado mi tía Susana. ¿Dónde está tu familia, la tuya?
Paco yunque no respondía nada. Este otro Paco le molestaba. Como éste eran seguramente todos los demás niños: habladores, contentos y no les daba miedo el colegio. ¿Por qué eran así? Y él, Paco Yunque, ¿por qué tenía tanto miedo? Miraba a hurtadillas al profesor, al pupitre, al muro que había detrás del profesor y al techo. También miró de reojo, a través de la ventana, al patio, que estaba ahora abandonado y en silencio. El sol brillaba afuera. De cuando en cuando, llegaban voces de otros salones de clase y ruidos de carretas que pasaban por la calle.

¡Qué cosa extraña era estar en el colegio! Paco
Yunque empezaba a volver un poco de su aturdimiento. Pensó en su casa y en su mamá. Le preguntó a Paco Fariña:
- ¿A qué hora nos iremos a nuestras casas?
- A las once. ¿Dónde está tu casa?
- Por allá.
- ¿Está lejos?
- Si...No...

Paco Yunque no sabía en qué calle estaba su casa, porque acababan de traerlo, hacía pocos días, del campo y no conocía la ciudad.
Sonaron unos pasos de carrera en el patio, apareció en la puerta del salón, Humberto, el hijo del señor Dorian Grieve, un inglés, patrón de los
Yunque, gerente de los ferrocarriles de la Peruvian Corporation y alcalde del pueblo.
Precisamente a Paco le habían hecho venir del campo para que acompañase al colegio a Humberto y para que jugara con él, pues ambos tenían la misma edad. Sólo que Humberto acostumbraba venir tarde al colegio y esta vez, por ser la primera, la señora Grieve le había dicho a la madre de Paco:
- Lleve usted ya a Paco al colegio. No sirve que llegue tarde el primer día. Desde mañana esperará a que Humberto se levante y los llevará juntos a los dos.

El profesor, al ver a Humberto Grieve, le dijo:
- ¿Hoy otra vez tarde?
Humberto con gran desenfado, respondió:
- Que me he quedado dormido.
- Bueno- dijo el profesor-. Que esta sea la última vez. Pase a sentarse.
Humberto Grieve buscó con la mirada donde estaba Paco Yunque. Al dar con él, se le acercó y le dijo imperiosamente:
- Ven a mi carpeta conmigo.
Paco Fariña le dijo a Humberto Grieve:
- No. Porque el señor lo ha puesto aquí.
- ¿Y a ti qué te importa? .le increpó Grieve violentamente, arrastrando a Yunque por un brazo a su carpeta.

- ¡Señor! .gritó entonces Fariña-, Grieve se está llevando a Paco Yunque a su carpeta.
El profesor cesó de escribir y preguntó con voz enérgica:
- ¡Vamos a ver! ¡Silencio! ¿Qué pasa ahí?
Fariña volvió a decir:
- Grieve se ha llevado a su carpeta a Paco Yunque.
Humberto Grieve, instalado ya en su carpeta con Paco Yunque, le dijo al profesor:
- Sí, señor. Porque Paco Yunque es mi muchacho. Por eso.
El profesor lo sabía esto perfectamente y le dijo a Humberto Grieve:
- Muy bien. Pero yo lo he colocado con Paco Fariña, para que atienda mejor las explicaciones. Déjelo que vuela a su sitio.
Todos los alumnos miraban en silencio al profesor, a Humberto Grieve y a Paco Yunque.
Fariña fue y tomó a Paco Yunque por la mano y quiso volverlo a traer a su carpeta, pero Grieve tomó a Paco Yunque por el otro brazo y no lo dejó moverse.
El profesor le dijo otra vez a Grieve:
- ¡Grieve! ¿Qué es esto?
Humberto Grieve, colorado de cólera, dijo:
- No, señor. Yo quiero que Yunque se quede conmigo.
- Déjelo, le he dicho.
- No, señor.
- ¿Cómo?
- No.

El profesor estaba indignado y repetía, amenazador:
- ¡Grieve! ¡Grieve!

Humberto Grieve tenía bajo los ojos y sujetaba fuertemente por el brazo a Paco Yunque, el cual estaba aturdido y se dejaba jalar como un trapo por Fariña y por Grieve. Paco Yunque tenía ahora más miedo a Humberto Grieve que al profesor, que a todos los demás niños y que al colegio entero. ¿Por qué Paco Yunque le tenía miedo a Humberto Grieve? ¿Por qué este Humberto Grieve solía pegarle a Paco Yunque?
El profesor se acercó a Paco Yunque, le tomó por el brazo y le condujo a la carpeta de Fariña. Grieve se puso a llorar, pataleando furiosamente su banco.
De nuevo se oyeron pasos en el patio y otro alumno, Antonio Gesdres, -hijo de un albañil apareció a la puerta del salón. El profesor le dijo:

- ¿Por qué llega usted tarde?
- Porque fui a comprar pan para el desayuno.
- ¿Y por qué no fue usted más temprano?
- Porque estuve alzando a mi hermanito y mamá está enferma y papá se fue al trabajo.
- Bueno .dijo el profesor,, muy serio-.
Párese ahí. Y, además, tiene usted una hora de reclusión.
Le señaló un rincón, cerca de la pizarra de ejercicios.
Paco Fariña, se levantó entonces y dijo:
- Grieve también ha llegado tarde, señor.
- Miente, señor -respondió rápidamente
Humberto Grieve-. No he llegado tarde.
Todos los alumnos dijeron en coro:

- ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! ¡Grieve ha llegado tarde!
- ¡Pish! ¡Silencio! .dijo malhumorado el profesor y todos los niños se callaron.
El profesor se paseaba pensativo.
Fariña le decía a Yunque en secreto:
- Grieve ha llegado tarde y no lo castigan.
Porque su papá tiene plata. Todos los días llega tarde. ¿Tú vives en su casa? ¿Cierto que eres su muchacho?
Yunque respondió:
- Yo vivo con mi mamá.
- ¿En la casa de Humberto Grieve?
- Es una casa muy bonita. Ahí está la patrona y el patrón. Ahí está mi mamá. Yo estoy con mi mamá.

Humberto Grieve, desde su banco del otro lado del salón, miraba con cólera a Paco Yunque y le enseñaba los puños, porque se dejó llevar a la carpeta de Paco Fariña.
Paco Yunque no sabía qué hacer. Le pegaría otra vez el niño Humberto, porque no se quedó con él, en su carpeta. Cuando saldrían del colegio, el niño
Humberto le daría un empujón en el pecho y una patada en la pierna. El niño Humberto era malo y pegaba pronto, a cada rato. En la calle. En el corredor también. Y en la escalera. Y también en la cocina, delante de su mamá y delante de la patrona. Ahora le va a pegar, porque le estaba enseñando los puñetes y le miraba con ojos blancos. Yunque le dijo a Fariña:
- Me voy a la carpeta del niño Humberto.
Y paco Fariña le decía:
- No vayas. No seas zonzo. El señor te va a castigar.
Fariña volteó a ver a Grieve y este Grieve le enseñó también a él los puños, refunfuñando no sé qué cosas, a escondidas del profesor.
- ¡Señor! .gritó Fariña- Ahí, ese Grieve me está enseñando los puñetes.
El profesor dijo:
- ¡Psc! ¡Psc! ¡Silencio!...¡Vamos a ver!
...Vamos a hablar hoy de los peces, y después, vamos a hacer todo un ejercicio escrito en una hoja de los cuadernos, y después me los dan para verlos. Quiero ver quién hace mejor ejercicio, para que su nombre sea escrito en el Cuaderno de Honor del Colegio, como el mejor alumno del primer año. ¿Me han oído bien?
Vamos a hacer lo mismo que hicimos la semana pasada. Exactamente lo mismo. Hay que atender bien a la clase. Hay que copiar bien el ejercicio que voy a escribir después en la pizarra. ¿Me han entendido bien?
Los alumnos respondieron en coro:
- Sí señor.
- Muy bien .dijo el profesor-. Vamos a ver.
Vamos a hablar ahora de los peces.
Varios niños quisieron hablar. El profesor le dijo a uno de los Zumiga que hablase.
- Señor .dijo Zumiga-: Había en la playa mucha arena. Un día nos metimos entre la arena y encontramos un pez medio vivo y lo llevamos a mi casa. Pero se murió en el camino...
Humberto Grieve dijo:
- Señor: yo he cogido muchos peces y los he llevado a mi casa y los he soltado en mi salón y no se mueren nunca.
El profesor preguntó:

- Pero...¿los deja usted en alguna vasija con agua?
- No señor. Están sueltos, entre los muebles.
Todos los niños se echaron a reír.
Un chico, flacucho y pálido, dijo:
- Mentira, señor. Porque el pez se muere pronto, cuando lo sacan del agua.
- No, señor .decía Humberto Grieve-.
Porque en mi salón no se mueren. Porque mi salón es muy elegante. Porque mi papá me dijo que trajera peces y que podía dejarlos sueltos entre las sillas.
Paco Fariña se moría de risa. Los Zumiga también. El chico rubio y gordo, de chaqueta blanca, y el otro cara redonda y chaqueta verde, se reían ruidosamente. ¡Qué Grieve tan divertido!
¡Los peces en su salón! ¡Entre los muebles!
¡Como si fuesen pájaros! Era una gran mentira lo que contaba Grieve. Todos los chicos exclamabana la vez reventando de risa:
- Ja! Ja! Ja! Ja! Ja! ¡Miente, señor! Ja! Ja! Ja! Ja! ¡Mentira! ¡Mentira!
Humberto Grieve se enojó porque no le creían lo que contaba. Todos se burlaban de lo que había dicho. Pero Grieve recordaba que trajo dos peces a su casa y los soltó en el salón y ahí estuvieron muchos días. Los movió y se movían. No estaba seguro si vivieron muchos días o murieron pronto.
Grieve, de todos modos, quería que le creyeran lo que decía. En medio de las risas de todos, le dijo a uno de los Zumiga:
- ¡Claro! Porque mi papá tiene mucha plata.
Y me ha dicho que va a hacer llevar a mi casa a todos los peces del mar. Para mí.
Para que juegue con ellos en mi salón grande.
El profesor dijo en alta voz:
- ¡Bueno! ¡Bueno! ¡Silencio! Grieve no se acuerda bien, seguramente. Porque los peces mueren cuando...
Los niños añadieron en coro:
- ...se les saca del agua.
- Eso es .dijo el profesor.
El niño flacucho y pálido dijo:
- Porque los peces tienen sus mamás en el agua y sacándolos, se quedan sin mamás.
- ¡No, no, no! .dijo el profesor-. Los peces mueren fuera del agua, porque no pueden respirar. Ellos toman el aire que hay en el agua, y cuando salen, no pueden absorber el aire que hay afuera.
- Porque ya están como muertos .dijo un niño.
Humberto Grieve dijo:
- Mi papá puede darles aire en mi casa, porque tiene bastante plata para comprar todo.
El chico vestido de verde dijo:
- Mi papá también tiene plata.
- Mi papá también .dijo otro chico.
Todos los niños dijeron que sus papás tenían mucho dinero. Paco Yunque no decía nada y estaba pensando en los peces que morían fuera del agua.
Fariña le dijo a Paco Yunque:
- Y tú, ¿tu papá no tiene plata?
Paco Yunque reflexionó y se acordó haberle visto una vez a su mamá con unas pesetas en la mano.
Yunque dijo a fariña:
- Mi mamá tiene también mucha plata.

- ¿Cuánto? .le preguntó Fariña.
- Como cuatro pesetas.
Fariña dijo al profesor en voz alta:
- Paco Yunque dice que su mamá tiene también mucha plata.
- ¡Mentira, señor! .respondió Humberto
Grieve- Paco Yunque miente, porque su mamá es la sirvienta de mi mamá y no tiene nada.
El profesor tomó la tiza y escribió en la pizarra dando la espalda a los niños.
Humberto Grieve, aprovechando de que no le veía el profesor, dio un salto y le jaló de los pelos a
Yunque, volviéndose a la carrera a su carpeta.
Yunque se puso a llorar.
- ¿Qué es eso? .dijo el profesor, volviéndose a ver lo que pasaba.
Paco Fariña, dijo:
- Grieve le ha tirado de los pelos, señor.
- No, señor .dijo Grieve-. Yo no he sido.
Yo no me he movido de mi sitio.
- ¡Bueno, bueno! .dijo el profesor-
¡Silencio! ¡Cállese Paco Yunque!
¡Silencio!
Siguió escribiendo en la pizarra; y después preguntó a Grieve:
- Si se le saca del agua, ¿qué sucede con el pez?
- Va a vivir en mi salón .contestó Grieve.
Otra vez se reían de Grieve los niños. Este Grieve no sabía nada. No pensaba más que en su casa y en su salón y en su papá y en su plata. Siempre estaba diciendo tonterías.
- Vamos a ver, usted, Paco Yunque .dijo el profesor- ¿Qué pasa con el pez, si se le saca del agua?
Paco Yunque, medio llorando todavía por el jalón de los pelos que le dio Grieve, repitió de una tirada lo que dijo el profesor:
- Los peces mueren fuera del agua porque les falta aire.
- ¡Eso es! .decía el profesor-. Muy bien.
Volvió a escribir en la pizarra.
Humberto Grieve aprovechó otra vez de que no podía verle el profesor y fue a darle un puñetazo a
Paco Fariña en la boca y regresó de un salto a su carpeta. Fariña, en vez de llorar como Paco
Yunque, dijo a grandes voces al profesor:
- ¡Señor! ¡Acaba de pegarme Humberto
Grieve!
- ¡Sí, señor! ¡Sí, señor! .decían todos los niños a la vez.
Una bulla tremenda había en el salón.
El profesor dio un puñetazo en su pupitre y dijo:
- ¡Silencio!
El salón se sumió en un silencio completo y cada alumno estaba en su carpeta, serio y derecho, mirando ansiosamente al profesor. ¡Las cosas de este Humberto Grieve! ¡Ya ven lo que estaba pasando por su cuenta! ¡Ahora habrá que ver lo que va a hacer el profesor, que estaba colorado de cólera! ¡Y todo por culpa de Humberto Grieve!
- ¿Qué desorden es ése? .preguntó el profesor a Paco Fariña.
Paco Fariña, con los ojos brillantes de rabia, decía:
- Humberto Grieve me ha pegado un puñetazo en la cara, sin que yo le haga nada.

- ¿Verdad, Grieve?
- No, señor .dijo Humberto Grieve-. Yo no le he pegado.
El profesor miró a todos los alumnos sin saber a qué atenerse. ¿Quién de los dos decía la verdad?
¿Fariña o Grieve?
- ¿Quién lo ha visto? .preguntó el profesor a Fariña.
- ¡Todos, señor! Paco Yunque también lo ha visto.
- ¿Es verdad lo que dice Paco fariña? .le preguntó el profesor a Yunque.
Paco Yunque miró a Humberto Grieve y no se atrevió a responder, porque si decía sí, el niño
Humberto le pegaría a la salida. Yunque no dijo nada y bajó la cabeza.
Fariña dijo:
- Yunque no dice nada, señor, porque
Humberto Grieve le pega, porque es su muchacho y vive en su casa.
El profesor preguntó a los otros alumnos:
- ¿Quién otro ha visto lo que dice Fariña?
- ¡Yo, señor! ¡Yo, señor! ¡Yo, señor!
El profesor volvió a preguntar a Grieve:
- ¿Entonces, es cierto, Grieve, que le ha pegado usted a Fariña?
- ¡No, señor! Yo no le he pegado.
- Cuidado con mentir Grieve. ¡Un niño decente como usted, no debe mentir!
- No, señor. Yo no le he pegado.
- Bueno. Yo creo en lo que usted dice. Yo sé que usted no miente nunca. Bueno.
Pero tenga usted mucho cuidado en adelante.
El profesor se puso a pasear, pensativo, y todos los alumnos seguían circunspectos y derechos en sus bancos.
Paco Fariña gruñía a media voz y como queriendo llorar:
- No le castigan, porque su papá es rico. Le voy a decir a mi mamá.
El profesor le oyó y se plantó enojado delante de Fariña y le dijo en alta voz:
- ¿Qué está usted diciendo? Humberto Grieve es un buen alumno. No miente nunca. No molesta a nadie. Por eso no le castigo. Aquí todos los niños son iguales, los hijos de ricos y los hijos de pobres. Yo los castigo aunque sean hijos de ricos.
Como usted vuelva a decir lo que está diciendo del padre de Grieve, le pondré dos horas de reclusión. ¿Me ha oído usted?
Paco Fariña estaba agachado. Paco Yunque también. Los dos sabían que era Humberto Grieve quien les había pegado y que era un gran mentiroso.
El profesor fue a la pizarra y siguió escribiendo.
- ¿Por qué no le dijiste al señor que me ha pegado Humberto Grieve?
- Porque el niño Humberto me pega.
- Y, ¿por qué no se lo dices a tu mamá?
- Porque si le digo a mi mamá, también me pega y la patrona se enoja.
Mientras el profesor escribía en la pizarra,
Humberto Grieve se puso a llenar de dibujos su cuaderno.

Paco Yunque estaba pensando en su mamá.
Después se acordó de la patrona y del niño Humberto. ¿Le pegarían al volver a la casa? Yunque miraba a los otros niños y éstos no le pegaban a Yunque ni a Fariña, ni a nadie.
Tampoco le querían agarrar a Yunque en las otras carpetas, como quiso hacerlo el niño Humberto.
¿Por qué el niño Humberto era así con él?
Yunque se lo diría ahora a su mamá y si el niño
Humberto le pegaba, se lo diría al profesor. Pero el profesor no le hacía nada al niño Humberto.
Entonces, se lo diría a Paco Fariña. Le preguntó a
Paco Fariña:
- ¿A ti también te pega el niño Humberto?
- ¿A mí? ¡Qué me va a pegar a mí! Le pego un puñetazo en el hocico y le hecho sangre. ¡Vas a ver! ¡Como me haga alguna cosa! ¡Déjalo y verás! ¡Y se lo diré a mi mamá! ¡Y vendrá mi papá y le pegará a Grieve y a su papá también, y a todos!
Paco Yunque le oía asustado a Paco Fariña lo que decía. ¿Cierto sería que le pegaría al niño Humberto? ¿Y que su papá vendría a pegarle al señor Grieve? Paco Yunque no quería creerlo, porque al niño Humberto no le pegaba nadie. Si Fariña le pegaba, vendría el patrón y le pegaría a Fariña y también al papá de Fariña. Le pegaría el patrón a todos. Porque todos le tenían miedo.
Porque el señor Grieve hablaba muy serio y estaba mandando siempre. Y venían a su casa señores y señoras que le tenían mucho miedo y obedecían siempre al patrón y a la patrona. En buena cuenta, el señor Grieve podía más que el profesor y más que todos.
Paco Yunque miró al profesor que escribía en la pizarra. ¿Quién era el profesor? ¿Por qué era tan serio y daba tanto miedo? Yunque seguía mirándolo. No era el profesor igual a su papá ni al señor Grieve. Más bien se parecía a otros señores que venían a la casa y hablaban con el patrón.
Tenían un pescuezo colorado y su nariz parecía moco de pavo. Sus zapatos hacían risss-risssrisss- risss, cuando caminaba mucho.
Yunque empezó a fastidiarse. ¿A qué hora se iría a su casa? Pero el niño Humberto le iba a pegar a la salida del colegio. Y la mamá de Paco Yunque le diría al niño Humberto: .No, niño. No le pegue usted a Paquito. No sea tan malo. Y nada más le diría. Pero Paco tendría colorada la pierna de la patada del niño Humberto. Y Paco se pondría a llorar. Porque al niño Humberto nadie le hacía nada. Y porque el patrón y la patrona le querían mucho al niño Humberto, y Paco Yunque tenía pena porque el niño Humberto le pegaba mucho.
Todos, todos, todos le tenían miedo al niño Humberto y a sus papás. Todos. Todos. Todos. El profesor también. La cocinera, su hija. La mamá de Paco. El Venancio con su mandil. La María que lava las bacinicas. Quebró ayer una bacinica en tres pedazos grandes. ¿Le pegaría también el patrón al papá de Paco Yunque? Qué cosa fea era esto del patrón y del niño Humberto. Paco
Yunque quería llorar. ¿A qué hora acabaría de escribir el profesor en la pizarra?
- ¡Bueno! .dijo el profesor, cesando de escribir-. Ahí está el ejercicio escrito.
Ahora, todos sacan sus cuadernos y copian lo que hay en la pizarra. Hay que copiarlo exactamente igual.
- ¿En nuestros cuadernos? .preguntó tímidamente Paco Yunque.
- Sí, en sus cuadernos .le respondió el profesor- ¿Usted sabe escribir un poco?
- Sí, señor. Porque mi papá me enseñó en el campo.
- Muy bien. Entonces, todos a copiar.
Los niños sacaron sus cuadernos y se pusieron a copiar el ejercicio que el profesor había escrito en la pizarra.
- No hay que apurarse .decía el profesor-.
Hay que escribir poco a poco, para no equivocarse. Humberto Grieve preguntó:

- ¿Es, señor, el ejercicio escrito de los peces?
- Sí. A copiar todo el mundo.
El salón se sumió en el silencio. No se oía sino el ruido de los lápices. El profesor se sentó a su pupitre y también se puso a escribir en unos libros.
Humberto Grieve, en vez de copiar su ejercicio, se puso otra vez a hacer dibujos en su cuaderno.
Lo llenó completamente de dibujos de peces, de muñecos y de cuadritos. En la última página dibujó estas figuras.
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Al cabo de un rato, el profesor se paró y preguntó:
- ¿Ya terminaron?
- Bueno .dijo el profesor-. Pongan al pie sus nombres bien claros.
En ese momento sonó la campana del recreo.
Una gran algazara volvieron a hacer los niños y salieron corriendo al patio.
Paco Yunque había copiado su ejercicio muy bien y salió al recreo con su libro, su cuaderno y su lápiz.

Ya en el patio, vino Humberto Grieve y agarró a Paco Yunque por un brazo, diciéndole con cólera:
- Ven para jugar al melo.
Lo echo de un empellón al medio y le hizo derribar su libro, su cuaderno y su lápiz.
Yunque hacía lo que le ordenaba Grieve, pero estaba colorado y avergonzado de que los otros niños viesen cómo lo zarandeaba el niño Humberto. Yunque quería llorar.
Paco Fariña, los dos Zumigas y otros niños rodeaban a Humberto Grieve y a Paco Yunque. El niño flacucho y pálido recogió el libro, el cuaderno y el lápiz de Yunque, pero Humberto Grieve se los quitó a la fuerza, diciéndole:
- ¡Déjalos! ¡No te metas! Porque Paco Yunque es mi muchacho.
Humberto Grieve llevó al salón de clases las cosas de Paco Yunque y se las guardó en su carpeta. Después, volvió al patio a jugar con Paco Yunque. Le cogió del pescuezo y le hizo doblar la cintura y ponerse en cuatro manos.

- Estate quieto así .le ordenó imperiosamente-. No te muevas hasta que yo te diga.
Humberto Grieve se retiró a cierta distancia y desde allí vino corriendo y dio un salto sobre Paco Yunque, apoyando las manos sobre sus espaldas y dándole una patada feroz en las posaderas. Volvió a retirarse y volvió a saltar sobre Paco Yunque, dándole otra patada. Mucho rato estuvo así jugando Humberto Grieve con Paco Yunque. Le dio como veinte saltos y veinte patadas.
De repente se oyó un llanto. Era Yunque que estaba llorando de las fuertes patadas del niño Humberto. Entonces salió Paco Fariña del ruedo formado por los otros niños y se plantó ante Grieve, diciéndole:

- ¡No! ¡No te dejo que saltes sobre Paco Yunque!
Humberto Grieve le respondió amenazándole:
- ¡Oye! ¡Oye! ¡Paco Fariña! ¡Paco Fariña!
¡Te voy a dar un puñetazo¡
Pero Fariña no se movía y estaba tieso delante de Grieve y le decía:
- ¡Porque es tu muchacho le pegas y lo saltas y lo haces llorar! ¡Sáltalo y verás!
Los dos hermanos Zumiga abrazaban a Paco Yunque y le decían que ya no llorase y le consolaban diciéndole:
- ¿Por qué te dejas saltar así y dar de patadas? ¡Pégale! ¡Sáltalo tú también!
¿Por qué te dejas? ¡No seas zonzo!
¡Cállate! ¡Ya no llores! ¡Ya nos vamos a ir a nuestras casas!
Paco Yunque estaba siempre llorando y sus lágrimas parecían ahogarle.
Se formó un tumulto de niños en torno a Paco Yunque y otro tumulto en torno a Humberto Grieve y a Paco fariña.
Grieve le dio un empellón brutal a Fariña y lo derribó al suelo. Vino un alumno más grande, del segundo año, y defendió a fariña, dándole a Grieve un puntapié. Y otro niño del tercer año, más grande que todos, defendió a Grieve dándole una furiosa trompada al alumno del segundo año.

Un buen rato llovieron bofetadas y patadas entre varios niños. Eso era un enredo.
Sonó la campana y todos los niños volvieron a sus salones de clase.
A paco Yunque lo llevaron por los brazos los dos hermanos Zumiga.
Una gran gritería había en el salón del primer año, cuando entró el profesor.. Todos se callaron.
El profesor miró a todos muy serios y dijo como un militar:
- ¡Siéntense!
Un traqueteo de carpetas y todos los alumnos estaban ya sentados.
Entonces el profesor se sentó en su pupitre y llamó por lista a los niños para que le entregasen sus cuartillas con los ejercicios escritos sobre el tema de los peces. A medida que el profesor recibía las hojas de los cuadernos, las iba leyendo y escribía las notas en unos libros.
Humberto Grieve se acercó a la carpeta de Paco Yunque y le entregó su libro, su cuaderno y su lápiz. Pero antes había arrancado la hoja del cuaderno en que estaba el ejercicio de Paco Yunque y puso en ella su firma.
Cuando el profesor dijo: .Humberto Grieve.,
Grieve fue y presentó el ejercicio de Paco Yunque como si fuese suyo.
Y cuando el profesor dijo: .Paco Yunque.,
Yunque se puso a buscar en su cuaderno la hoja en que escribió su ejercicio y no lo encontró.
- ¿La ha perdido usted .le preguntó el profesor- o no la ha hecho usted?
Pero Paco Yunque no sabía lo que se había hecho la hoja de su cuaderno y, muy avergonzado, se quedó en silencio y bajó la frente.
- Bueno .dijo el profesor, y anotó en unos libros la falta de Paco Yunque.
Después siguieron los demás entregando sus ejercicios. Cuando el profesor acabó de verlos todos, entró de repente al salón el Director del Colegio.
El profesor y los niños se pusieron de pie respetuosamente. El Director miró como enojado a los alumnos y dijo en voz alta:
- ¡Siéntense!

El Director le preguntó al profesor:
- ¿Ya sabe usted quién es el mejor alumno de su año? ¿Ya han hecho el ejercicio semanal para calificarlos?
- Sí, señor Director .dijo el profesor-.
Acaban de hacerlo. La nota más alta la ha obtenido Humberto Grieve.
- ¿Dónde está su ejercicio?
- Aquí está, señor Director.

El profesor buscó entre todas las hojas de los alumnos y encontró el ejercicio firmado por Humberto Grieve. Se lo dio al Director, que se quedó viendo largo rato la cuartilla.
- Muy bien .dijo el Director, contento.
Subió al pupitre y miró severamente a los alumnos. Después les dijo con su voz un poco ronca pero enérgica:
- De todos los ejercicios que ustedes han hecho, ahora, el mejor es el de Humberto Grieve. Así es que el nombre de este niño va a ser inscrito en el Cuadro de Honor de esta semana, como el mejor alumno del primer año. Salga afuera Humberto Grieve.
Todos los niños miraron ansiosamente a Humberto Grieve, que salió pavoneándose a pararse muy derecho y orgulloso delante del pupitre del profesor. El Director le dio la mano diciéndole:
- Muy bien, Humberto Grieve. Lo felicito.
Así deben ser los niños. Muy bien.
Se volvió el Director a los demás alumnos y les dijo:
- Todos ustedes deben hacer lo mismo que Humberto Grieve. Deben ser buenos alumnos como él. Deben estudiar y ser aplicados como él. Deben er serios, formales y buenos niños como él. Y si así lo hacen, recibirá cada uno un premio al fin de año y sus nombres serán también inscritos en el Cuadro de Honor del Colegio, como el de Humberto Grieve. A ver si la semana que viene, hay otro alumno que dé una buena clase y haga un buen ejercicio como el que ha hecho hoy Humberto Grieve. Así lo espero.

Se quedó el Director callado un rato. Todos los alumnos estaban pensativos y miraban a Humberto Grieve con admiración. ¡Qué rico Grieve! ¡Qué buen ejercicio ha escrito! ¡Ése si que era bueno! ¡Era el mejor alumno de todos!
¡Llegando tarde y todo! ¡Y pegándoles a todos!
¡Pero ya lo estaban viendo! ¡Le había dado la mano al Director! ¡Humberto Grieve, el mejor de todos los del primer año.
El Director se despidió del profesor, hizo una venia a los alumnos, que se pararon para despedirlo, y salió.
El profesor dijo después:
- ¡Siéntense!
Un traqueteo de carpetas y todos los alumnos estaban ya sentados.
El profesor ordenó a Grieve:
- Váyase a su asiento.

Humberto Grieve, muy alegre, volvió a su carpeta. Al pasar junto a Paco fariña, le echó la lengua.

El profesor subió a su pupitre y se puso a escribir en unos libros.
Paco Fariña le dijo en voz baja a Paco Yunque:
- Mira al señor, está poniendo tu nombre en su libro, porque no has presentado tu ejercicio. ¡Míralo! Te va a dejar ahora recluso y no vas a ir a tu casa. ¿Por qué has roto tu cuaderno? ¿Dónde lo pusiste?

Paco Yunque no contestaba nada y estaba con la cabeza agachada.
- ¡Anda! .le volvió a decir Paco Fariña-
¡Contesta! ¿Por qué no contestas? ¿Dónde has dejado tu ejercicio?
Paco Fariña se agachó a mirar la cara de Paco Yunque y le vio que estaba llorando. Entonces le consoló diciéndole:
- ¡Déjalo! ¡No llores! ¡Déjalo! ¡No tengas pena! ¡Vamos a jugar con mi tablero!
¡Tiene torres negras! ¡Déjalo! ¡Yo te regalo mi tablero! ¡No seas zonzo! ¡Ya no llores! Pero Paco Yunque seguía llorando agachado

1 .Como puede verse, el niño más grande (quien en la sociedad
capitalista representa al más poderoso) jala la oreja de otro menor,
y a través de éste a todos los que siguen. El segundo niño, a su vez,
hace lo mismo; y así también los otros, menos el último, el más
pequeño y más débil (que es, en la sociedad capitalista, el ser más
miserable e indefenso). Mientras el más grande abusa de todos sin
que a él nadie le haga nada, el más pequeño no tiene ya a quien
tirarle la oreja y sufre toda la cadena de abusos, todas las
amarguras..
(Georgette de Vallejo)

viernes, 12 de diciembre de 2008

RIOJA DE LA SELVA PERUANA EN LA ESPESURA DEL BOSQUE

RIOJA DE LA SELVA PERUANA EN LA ESPESURA DEL BOSQUE
Por Carlos Villacorta V.

Esta bella y acogedora ciudad, es todavía una fabulosa posibilidad de recreación y exploración en todos los campos. Los informes sobre sus orígenes se remontan a los Uquihuas y los Chepenes. Según algunos estudiosos, son comunidades nativas de la época incaica.

La época de los aventureros españolas, lo marca el Arzobispo Toribio de Mogrovejo, que es uno de los primeros “catequizadores” católicos que llega al finalizar el siglo XVI. Luego el obispo Martínez de Compagñon el siglo XVIII, quien a la vez encarga a Félix de la Rosa Reátegui y Gaviria un 22 de setiembre de 1782, fundara el pueblo de Santo Toribio de la Nueva Rioja.

Así como todos los pueblos nativos del Perú, Rioja también es forjadora de su independencia. Es fundamental que se recalque este aspecto para no estar repitiendo machaconamente que pareciera que sólo lo hizo un “Santo de la Espada” argentino y posteriormente un “integracionista” venezolano.

Sabemos que en las gestas por la independencia, Moyobamba era el centro de maniobras de los españoles. Por esta razón, desde Chachapoyas, particularmente el 4 de setiembre de 1822, parte el Teniente Coronel Nicolás Arriola hacia esa ciudad.

Cuentan nuestros estudiosos, que, al llegar a Rioja y con el apoyo decidido de este pueblo, libran las batallas de la Ventana, de Tambo del Visitador y la batalla de Rioja, henchidos de orgullo por sus triunfos avanzan al pueblo de la Habana con la compañía ya de muchos riojanos, librando la batalla definitiva de la Habana, con la que se sella la independencia en La Selva, proclamándose la independencia de Maynas el 25 de Septiembre de 1822.

Posteriormente, por Ley Nº 8142 del año 1935, se crea la Provincia de Rioja. Iniciando su desarrollo hasta lo que es hoy: Un hermoso valle del Alto Mayo, al norte del departamento de San Martín. Está a 77°08’30” de Longitud Oeste y 06º03’00” de Latitud Sur. Con una extensión de 2535.04 Km2 provincialmente y distritalmente: 185.69 Km2. Con una altitud de 848 m.s.n.m.

Sin embargo, Rioja por esas cosa que tiene la vida, en este caso comercial y competitivo, cuenta con un importante aeropuerto, pero que ahora tiene muchas restricciones, pese haber sido uno de los más importantes de San Martín. Lo que le está perjudicando en su avance.


Tiene un variado folclor también mucho por explorar conociéndose hermosas danzas:

DANZA DE LA VELACIÓN

Refleja la ceremonia que se realiza en honor a la imagen de Santo Cristo de Bagazán y a la Cruz de Coca.

DANZA DE LOS SHUCAS

Danza Típica, creación riojana, que expresa y recrea como nuestros ancestros se preparaban y festejaban acciones guerreras. Los danzantes ritualizan el arte de la guerra.

DANZA DE LOS DIABLOS

De origen colonial traído por los españoles. Conocida como la danza del tunchi, al mezclarse con lo nuestro le da características típicas.

DANZA DEL BOMBONAJE

Típica danza riojana donde se muestra el proceso completo de la elaboración de la paja bombonaje, desde la extracción de cogollo hasta la elaboración de los sombreros: Artesanía representativa de la provincia de Rioja.


sábado, 29 de noviembre de 2008

MITOS Y LEYENDAS DE LA SELVA

Por Carlos Villacorta V.


EL FANTÁSTICO AGUAJAL

El aullido de los perros que la distancia devoraba, llegaba a los oídos de un pensativo Tomás, como un arañazo de malagüero. Los sonidos del bosque como dulces trinos de fantasía musical. Y, un airecillo tropical azotaba sus lacios cabellos, levantándolos ligeramente.

Silencioso avanzaba por un angosto camino. Ya presentía el aguajal por toda su piel. El olor a cocha y pantano le estrellaba suavemente a través de los hilos finísimos del airecillo tropical que cada vez eran más aromáticos, con ese olor silvestre de aguaje fresco y ácido, que sólo los aguajeros lo pueden percibir de los aguajales.

De pronto se abrió ante su vista, un impresionante y fantástico bosque de árboles de aguaje. -¿Alguna vez alguien ha visto algo semejante?- Se preguntaba Tomás. Se paró un instante, cerró los ojos y las abrió lentamente para comprobar si era cierta tanta maravilla. Ahí estaba, exuberante, inmensos racimos de color marrón oscuro amarillento de los aguajes.

¡Qué cosa! ¡No puede ser! Un pavoroso escalofrío, un hielo macabro de inmediato recorrió por sus asustadas venas. La dicha se transformó en un angustiante y plomizo miedo. -¿Será un engaño del maldito pies torcidos? Pensó y pensó. Le vino a la mente tantas desgracias sucedidas por esta causa: Locos, tarados, ciegos, chejos, muertos en vida deja el chullacchaqui burlón a los distraídos solitarios que se dejan llevar por su melifluo poder engañoso, entra a nuestra mente y nos lleva donde quiere. Pensó en la Juana y sus hijitos, sus amigos, sus vecinos, lo malo que se porta a veces.

-¡No! ¡No puede ser! Estoy viendo con mis propios ojos. Ahora debo tocarlos-

Tomás caminaba, caminaba y caminaba, se agitaba desesperado queriendo coger los aguajes que parecía tenerlos a la mano, pero éstos se alejaban, se alejaban y se alejaban con la sutilidad de estar siempre quietos.

Por fin llegó, los cogía, los abrazaba, los ponía en la cara, daba vueltas de contento por uno y otro lado.

Ran, sintió que los aguajes le quemaban las manos, el aguajal lanzaba rayos luminosos. Una lluvia de fuego cayo sobre su cabeza y una hilarante risotada con sonido de lejanía fue lo último que escuchó. Lanzó un chillido agónico como aullido y se perdió en el remolino de su mente. Se cubrió la cabeza con las manos y cerro los ojos para soportar las miles de hinconantes espinas que inclementes sentía que se le clavaban en el cerebro, y cayó como un tronco.

Dice la gente, que cuando escuchan un aullido hilarante en el fondo del bosque, es que alguien ha sido atrapado por el poder mentiroso del shapingo.
El shapingo, es nuestra propia mente que nos atrapa en la soledad cuando no la alimentamos con buenas lecturas, terminó diciendo el maestro, al concluir la narración de su cuento: El fantástico aguajal.

Un suspiro hondo se dejó sentir en el aula y a lo lejos, en las profundidades de la Selva, el silbido de un lastimero aullido se dejo oír. Nadie lo escuchó. Sólo Tú.

VIZCARRA Y SUS TESOROS EN LA PARED Y BAJO LOS CEREZOS

Por Carlos Villacorta V.

El jirón Alonso de Alvarado, es una antiquísima calle de la apacible y bella ciudad de Moyobamba. Hasta hace unos años todavía conservaba inmensas casonas, construidas de gruesas paredes de barro y quincha que venían paraditas desde que era capital de Maynas por los años 1850, donde han vivido personas notables, entre funcionarios y grandes comerciantes.

Los terremotos han ido derribándolos poco a poco. Ahora ha quedado en la parte céntrica de la ciudad y es un poderoso barrio comercial moyobambino.

Precisamente varias de esas casonas, se decían que eran propiedad de un tal Vizcarra (español), que de coronel y gobernador en Iquitos, se convirtió por ambicioso en un aventurero, buscador de tesoros, ladrón de “siete suelas”, se dice que tenía una gran fortuna, enterrados en esas casas, muy aficionado en enterrarlos debajo del árbol del cerezo porque decía que sus raíces le ayudaban a cuidarlos, de igual forma en las paredes de su propia casa, para tenerlos más cerca de él y evitar ser robado.

Esta fama creció, cuando aproximadamente casi un siglo atrás, una de las familias Vela, estando haciendo reparaciones en una de las paredes de su casa, se desprendió buena parte de ella, y, cual no fue su sorpresa que al interior encontraron un baúl de oro puro repleto de libras esterlinas, joyas de oro y plata y más bienes, que ante los rumores que iban creciendo porque no podían esconder su ostentación de la noche a la mañana, tuvieron que mudarse a vivir en la capital del Perú, quién sabe al extranjero.

Las historias se tejieron de todo tipo y de la más diversa y variopinta versión, cada contante le agregaba su dosis de creatividad y fantasía: Lo más cercano era que Vizcarra guardaba sus tesoros en 12 baúles de oro puro y 11 baúles de plata. Pero, como la señora Vela encontró uno de oro, quedan 11 de cada uno. Imagina encontrar sólo uno. Todos tus sueños materiales se vuelven realidad. Eso seguramente pensó la señora Josefina, que le contamos a continuación.

Otro acontecimiento interesante fue lo que nos contó doña Griselda, tataranieta de una tal Josefina, que alquiló esa misma casa, con el único propósito de buscar los tesoros de Vizcarra.

Una noche esta señora Josefina no podía dormir, se volteaba de un lado para otro en su cama, su marido se molestaba y le increpaba, “pon tu mente en blanco” dice le decía don Juan; justo cuando estaba queriendo cerrar sus ojos, escuchó como si alguien lloraba en la huerta, le salía como un quejido de un búho; se levantó despacito, para no molestar a su marido, cuando vio el inmenso árbol de cerezo en la parte derecha de la huerta, de pronto se acordó, que debajo de ese árbol a Vizcarra le gustaba enterrar sus tesoros y si no había cerezo, este ladrón buscador de fortunas lo mandaba a sembrar; se acercó despacito y vio un pequeño resplandor debajo del árbol.

Antes de que desapareciera la susodicha lucecita, corrió a traer su palana y con unas ansias locas, llena de impaciencia empezó a cavar, hasta que su palana, chocó con una especie de metal, miró detenidamente el objeto, sintió que sus ojos irritados por mantenerse abiertos por el sueño, le ardían como si le hubieran frincado con ácido, sus piernas le comenzaron a temblar, bañando con un enfrío sudor todo su cuerpo, que su mente se llenó de pavor y comenzó a correr presa de pánico por la huerta, gritando ¡El antimonioooo! ¡El antimoniooooo!, dicen que chocó contra el tallo de un plátano y cayó al suelo botando espuma, presa de retorcimientos.

Su marido le encontró con los ojos desorbitados y torcidos, que los médicos poco pudieron hacer. Dicen que mi pobre abuela se quedó medio cheja, que le tuvieron que llevar a Lima de la pura vergüenza.

Este suceso, asustó a los potenciales buscadores de los tesoros de Vizcarra, porque se decía, que en esas casas penaba el alma de Vizcarra cuidando sus tesoros, poco tiempo duraba la gente viviendo en ellos.

El antimonio de los tesoros se volvió como un fantasma, que los curiosos trataban de inventar alguna forma de contrarrestar si es que alguna vez encontraran algún tesoro.

Nosotros vivimos largos años en una de esas casonas del Jr. Alonso de Alvarado, nunca escuchamos fantasmas, ni vimos lucecitas, hasta que nos enteramos de la leyenda de Vizcarra y, una ola de nerviosismo invadió el inmenso terreno, que cada vez que llegamos tarde a la casa, en pleno silencio de la noche, pues se tenía que pasar por el principio de la huerta, seguramente la mayoría tenía que subir rezando las escaleras para ahuyentar todo tipo de temores. Así fue como empezamos a averiguar sobre tal leyenda.

Cuentan los moyobambinos que Vizcarra encontró una trágica muerte. El año 1900, cuando salía de la ciudad con unos burros cargados de mercadería, le vieron algunos y, pensando que se largaba llevándose todas sus riquezas, le atacaron y como se defendió e hirió a algunos, sus atacantes se amargaron y le arrastraron a la Plaza de Armas; una mujer de apellido Tapullima lo mató golpeándole el cráneo con una piedra.

La leyenda creció a partir de ese momento. Como no lo encontraron con ningún tesoro, dicen que lo escondió en las paredes de sus casas y en las raíces de los cerezos, donde se queja el búho o el alma en pena de Vizcarra, para ahuyentar a los que pretenden robarle sus tesoros. Nadie se sabe que haya encontrado otro baúl. Están todavía por ahí. ¡Búscalos!

Cuando hace más de 30 años vivía en esa hermosa ciudad moyobambina. Al escribirlo ahora, me sentí enfermo de antimonio, en una larga agonía, amarrado a mi escritorio, escuchando el temido sonido del búho insistente en mi cerebro, después un suave murmullo como un alma en pena que me envuelve con su frío manto, que al mirar las letras de mis escritos, me parecieron pequeños blancos fantasmas que venían hacia mí con sus largos chillidos de ultratumba, con muecas grotescas de intensa expresión; después, la nada; quizá porque asocié mi fantasía con el sonido de las teclas y el ruido seco del viento al chocar con la ventana. Al final la vida es eso, un ir y venir de fantasías y leyendas

miércoles, 29 de octubre de 2008

PARA EL PLAN LECTOR: MITO EL TUNCHI DE LA SELVA

Por Carlos Villacorta V.

EL TUNCHI

Es uno de los personajes más destacados y populares del folclor de la selva. Casi sin excepción de la gente dice que le ha escuchado.

Silba generalmente en las huertas. En Moyobamba por ejemplo la mayoría de las casas han tenido y algunos todavía lo siguen teniendo grandes y hermosa huertas llena de árboles frutales como el zapote, caimito guaba y principalmente el naranjo.

Particularmente yo lo he escuchado varias veces en nuestra huerta. Su silbido no es lastimero pero si muy triste. Mas o menos su onomatopeya es así: Fi, fi, fi fififi; fi, fi, fififi; fi, fi, fififi.

Otras veces le hace sonar así: Fin, fin, finfinfin; fin, fin, finfinfin, silbido seguramente de los que van a morir.

Lo que da miedo es lo que la gente dice que son los espíritus de los muertos que están pagando alguna pena. Es decir son almas en pena.

Sin embargo nadie ha reportado que este espíritu de los muertos les haya causado algún mal. Salvo el tremendo susto que se lleva al escuchar su silbido. Que muchos no resisten y terminan medio tontos, locos, en el peor de los casos muertos, con el horroroso rictus del pánico.

También dicen que es el alma de los que van a morir y están recogiendo sus pasos antes de abandonar la tierra.

Últimamente, la mayoría esta coincidiendo que el tunchi, es nada menos que el ayapullitu, que dicen que lo han visto y es una avecilla de plumaje negro con cabeza parecida a una calavera. Ayapullitu significa “pollito del muerto”.

Es la imaginación de la gente que da a estas “almas en pena” sus características corpóreas, como por ejemplo de escuchar sus pisadas, o haberles visto materializase en forma de fantasmas de blancas vestiduras desplazándose a ras del suelo.

El misterio siempre produce escalofríos, al margen de nuestra voluntad. El asunto es superar el miedo o nerviosismo que producen estas fantasías. Todo está en nuestra mente. Te lo digo yo que he caminado por cementerios a la media noche, regresando de alguna fiesta.

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